jueves, noviembre 24, 2011

...contigo aprendí...



...contigo aprendí...

Hoy se me ha venido a mi memoria tu recuerdo. 

Aquella primera llamada un domingo por la mañana. Parece que hubiera sucedido ayer. Estaba en el sótano de casa de mis padres haciendo nosequé en el ordenador cuando sonó el teléfono fijo. Eras tú. Un domingo por la mañana. Que si me podía pasar el lunes para hablar contigo sobre el currículum que te había mandado. Yo ni había terminado la carrera, aun faltaba el proyecto final, pero probé con un par de ingenierías locales sacadas de las páginas amarillas. Fue casi sin querer. Como dice Serrat, "es caprichoso el azar"... 

Recuerdo mi entrevista en tu despacho de San Diego, toda una segunda planta de un edificio, lleno de carpetas y folios que en tu cabeza estaban perfectamente ordenados, aunque no lo pareciera. Nos caímos bien. Empezaría al siguiente lunes. 25 de septiembre de 2005. 

Allí me presenté aquella mañana. En la primera semana junto a Juan y Miguel en la cuarta planta aprendí más que en el primer año de carrera. 

Luego vino aquél maravilloso año en la tercera planta junto a Carlos, Ruth, Santiago y Pepi. Inolvidable. Y María y Javi, y sus mimos... Como inolvidable aquél cocotazo tuyo al equivocarme en el rating de aquella brida en la tubuladura del tanque. Nunca me han pegado con tanto cariño. Ni nadie lo volverá a hacer nunca. 

También imposible de olvidar aquellas 7:55 horas de un 2 de octubre de 2006 cuando me propusiste marcharme a Santander a una obra de no más de nueve meses. Estábamos asustados: yo por mi inexperiencia; tú porque no sabías si jugártela conmigo era lo correcto. Pero te lanzaste al vacío. Y no tuve más que, en agradecimiento, cumplir como debía. A ti te debo el haber afrontado esa entrevista en Madrid con Andrés Sampedro y Javier Núñez, en la que me confirmaron como responsable de la obra. También estuvo Lourdes... Lourdes... 

Ese mismo domingo partimos en "mi 8767CJF" blanco hacia Santander. Hablaste con mi padre aquella mañana, y en tu cara se sentía la necesidad de un perdón. Por suerte sus ojos y su apretón de manos te lo concedieron. Sabíamos los tres que era lo correcto, por mucho que nos doliera separarnos, cada uno por nuestras razones. Trabajaste de forma incansable durante las más de diez horas que duró el viaje, mientras conducía con la mente puesta en mi capacidad para afrontar ese gran reto. 

Y ahora creo que te debo todo lo que sé. Todo. Sin excepción. No sólo laboralmente. Lo que en principio me parecíó un "abandono", ahora lo llevo grabado a fuego en mi mente y en mi corazón como algo que volvería a repetir, algo que he necesitado que haya pasado en mi vida. Los casi dos años que estuve allí sentía tu respaldo, aunque estuvieras a más de mil kilómetros, aunque sólo hubieras ido a verme dos veces. Gracias, una vez más, porque allí aprendí a ser lo que soy, y si no hubieras asumido ese riesgo conmigo, ahora nada sería igual. Gracias por mimarme. Gracias. Gracias. Gracias.

Y hoy, después de unos meses de tu marcha, te me has venido a la memoria. Frío e implacable, el recuerdo imborrable de tu mirada sobre las gafas que seguían a tu inconfundible portaminas amarillo mientras lo deslizabas con suma maestría sobre los folios, me hace saltar las lágrimas. Porque sí, porque te hecho de menos a mi lado, a nuestro lado, porque ahora ya nada es lo que era... si yo te contara... si ellos te contaran... Ha sido duro volver. Más de lo que piensas. Sobre todo porque ya no estás...

(llevaba semanas queriendo escribirte esto, siento no haberlo hecho antes...)


1 comentario:

Anónimo dijo...

Te odio con todo mi cariño Javi, por haberme hecho pasar por lo mismo, y a través de la misma persona.

Cuando digo quién fué mi maestro nadie me culpa de amar tanto mi trabajo. No podemos tener una motivación mayor. Qué rabia, leche.