
Se levantó de su cama ensangrentada dirigiéndose hacia el teléfono sobre su escritorio y juntó las palmas de las manos buscando el amparo del dios en que nunca creyó. Le rogó que se lo llevara pronto, aunque algo en su interior le pedía volver la vista atrás para disfrutar de su sufrimiento, escuchar sus últimas palabras de socorro y poder susurrarle al oído lo mucho que lo había querido. No tuvo tiempo ni de lamentarse, la matrioska que faltaba sobre el primer estante del mueble estaba ahora incrustada en la parte trasera de su cráneo, y la hemorragia fue tan abundante que en apenas unos segundos su corazón oxidado dejó de latir por la que había sido la mejor de sus amantes, su propia hija.
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