Alguien alguna vez me habló de los pensamientos circulares. Algo parecido a aquello de "la pescadilla que se muerde la cola". Pensamientos paralizantes entre los que uno consume las horas del día y de su vida tratando de encontrar respuestas que no existen, salidas tapiadas. Yo no soy psicóloco ni creo que pudiera serlo pero en aquél momento le dije a aquella persona que yo creía que una forma de no terminar pensando siempre en los mismos temas sin salida ni solución aparente era tener la mente ocupada en otras cosas que actuaran de barrera e impidieran cerrar de nuevo el círculo. O al menos, así tardaría más en cerrarlo. Yo no sé si le funcionó o no, porque creo que finalmente acudió a profesionales de la materia, y ayudado de otras técnicas a día de hoy sus ojos vuelven a brillar, afortunadamente.
Y ahora llega el momento en el que uno mismo, el que osó a dar consejos sobre la forma de actuar de otra persona, se ve en una situación parecida, puede que con sus niveles de serotonina por los suelos... ¡Ay amigo! ¡Te doy consejos que para mí no quiero!
¿Por qué nos cuesta tan poco hablar, aconsejar sin prudencia alguna, y tanto aplicarnos luego el cuento?
Tengo que empezar a poner barreras a mis pensamientos circulares. Y lo voy a conseguir. Quiera o no tiene que volver el brillo a mis ojos, a mi sonrisa y retornar a lo que he sido siempre.
(89,6...)
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