Seguía amarrada boca abajo, con los pies entrelazados, las rodillas flexionadas y sus manos a la espalda. Las sogas eran demasiado bastas y rígidas, pero aquellos malditos cabrones se las habían apañado para inmovilizarla por completo mientras agonizaba en el sillón tras el último chute de caballo. Habían usado el pañuelo negro que presionaba su gemelo izquierdo y concentraba la sangre en el tobillo para amordazarla.Durante gran parte de la mañana se dedicaron a observarla. La rodeaban en silencio, aunque de vez en cuando el único que llevaba capuchón increpaba al resto para que reprimieran durante unos instantes más sus instintos. Reían cada poco, cuchicheando en voz baja palabras que Irene no lograba entender. Sus ojos, desorbitados y tatuados con el rimel corrido bajo sus párpados. Su corazón, revolucionado.
Llegó a tranquilizarse por unos instantes cuando recordó que la calidad de lo que se acababa de meter era superior. Ya se lo había advertido Jota antes de ceder, de nuevo, al intercambio. Esta vez no hubo compra, Irene no disponía de tanto dinero como para pagarle, pero sí una boca y unos pechos capaces de hacer desfallecer al mismísimo Belcebú durante horas interminables de orgasmos sinfín. La causa de aquella jodida alucinación podría ser la calidad de aquella mierda.
Pero al cabo de unos minutos pudo comprobar que, lamentablemente y a pesar de lo exquisito de los últimos chutes de su vida, aquellos diminutos seres con pelos coloreados y encrespados eran reales. Tan reales como los surcos que empezaron a hacer a lo largo de sus brazos y piernas sirviéndose de las afiladas uñas de sus dedos pulgares. Gritaba, se retorcía de dolor, pero nada podía hacer. Y lo peor estaba un por llegar. Fue el del capuchón quien comenzó con la succión. Le siguieron los del pelo color verdoso, luegos los azulones y los amarillentos, para terminar con los blaquecinos. Irene desfallecía a cada chupetón de aquellos enanos que iban a terminar, al fin, con todo su sufrimiento.
Recordó a su madre. A su novio y camello, desaparecido desde hacía dos días. Y lanzó al aire, finalmente, un último suspiro, secas su venas y blanca su piel, cuando el último troll dejó caer sobre su boca la última gota de sangre.
Pero al cabo de unos minutos pudo comprobar que, lamentablemente y a pesar de lo exquisito de los últimos chutes de su vida, aquellos diminutos seres con pelos coloreados y encrespados eran reales. Tan reales como los surcos que empezaron a hacer a lo largo de sus brazos y piernas sirviéndose de las afiladas uñas de sus dedos pulgares. Gritaba, se retorcía de dolor, pero nada podía hacer. Y lo peor estaba un por llegar. Fue el del capuchón quien comenzó con la succión. Le siguieron los del pelo color verdoso, luegos los azulones y los amarillentos, para terminar con los blaquecinos. Irene desfallecía a cada chupetón de aquellos enanos que iban a terminar, al fin, con todo su sufrimiento.
Recordó a su madre. A su novio y camello, desaparecido desde hacía dos días. Y lanzó al aire, finalmente, un último suspiro, secas su venas y blanca su piel, cuando el último troll dejó caer sobre su boca la última gota de sangre.
Fotografía: Irene, acorralada por los trolls
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