jueves, julio 23, 2009

Capítulo I. Breves apuntes de la vida de Agapito

Agapito no tenía más de dos años luz cuando advirtió que tres de sus veintiocho cromosomas eran telocéntricos, algo bastante anormal en su especie. Por lo general, los miembros de la comunidad brencos-apilastrados que residían en el país de las medias sandías, tenían todos sus cromosomas en fase de siembra y con las patas simétricas. Mas no telocéntricos.

Aquello supuso para él una enorme pena, pero no pudo llorar porque la atmósfera de su país tenía un alto contenido en ácido sulfúrico, que al reaccionar con las sales del agua provocaba grandiosas explosiones. Aún recordaba cómo en una ocasión, el cernícalo lagartijero que siempre le acompañaba en sus rutas por los campos de impresoras gigantes, derramó sin poder contenerse un par de lágrimas al enterarse vía Iphone de la muerte de sus seiscientas treinta y tres hijas en un accidente de hidrohelicóptero. En cuanto sus humores entraron en contacto con la atmósfera, los diez ojos del cernícalo saltaron de sus órbitas cuadradas provocando con su explosión de diez trillones de megajulios un cráter descomunal en el centro de aquellos campos. Suerte que él iba equipado con un traje de neopreno asfáltico, sino podría haber muerto en tan desgraciado accidente junto a su amigo...

Si además añadimos que al nacer los orcos del centro de insalud tuvieron que cortarle media cabeza para poder sacarlo de la bolsa de basura sin asas en la que había crecido, su vida parecía hundirse en la inmateria a pasos enanantados. También estaba el espinoso asunto de su aparato reproductor, pero de eso ya nos ocuparemos más tarde.


Su infinitésimo grado de timidez, originado por su extraña media cabeza y aquellos tres malditos cromosomas, le impedían acercarse a más de tres millas náuticas de Roma, la libidinosa y contorneada hija vigésimo quinta de sus vecinos. Roma carecía de corazón, lo que le había hecho valedora del título nacional a la brenca-apilsatrada con mayor grado de abertura de piernas de todo el país. Tanto los habitantes de su comunidad como los de alrededor habían probado los deliciosos manjares que ocultaba bajo sus prendas de seda irlandesa en forma de centelleantes y eternos orgasmos tántricos capaces de hacerte desfallecer durante siglos.


Todos menos Agapito.

- Me cago en mis chacras cárdenos… -pensaba cabizbajo

Su familia la formaban dos patatas podridas, Eme y Ene, procedentes de un guiso frío de gambas hermafroditas del siglo XV, y ocho granos de arroz a los que el dueño de un restaurante chino londinense rescindió su contrato por carecer de color blanco en su melanina. Sus nombres eran A, Be, Ce, De, E, Efe, Ge y Ese. Tampoco era mucho, pero se apoyaba en ellos en los momentos más duros de su vida. Contaba también con el inestimable armazón chocolatero de sus mejores amigos: veinte Lacasitos que una sombría tarde invernal encontró entre las ramas de una secuoya diminuta que había crecido sobre su oreja en una época en la que el presidente del país había prohibido las duchas de mercurio. Habían sido abandonados por una elefanta en celo tras advertir que el chocolate le hacía criar lombrices estomacales, según contó uno de ellos a Agapito. Desde aquél momento, se hicieron del todo inseparables, y siempre los llevaba enganchados con clips en la ladera vertical formada por la ausencia de su otra media cabeza.

Su amistad con aquellos veinte Lacasitos lo había convertido en el objetivo de las iras de otras comunidades dulces del pais, como eran los M&Ms y los Conguitos. Con estos últimos había tenido recientemente un grave enfrentamiento que en breve será narrado en estas páginas.

1 comentario:

niña noe.- dijo...

jajajajajajajajajajaja!!!
javi, me he leído los dos capítulos Y TE SUPLICO MÁS!!!
jajajajaja!!
hacía mucho que no me reía tanto... jajajajajajajajajajaja!!!